Hace algunos años, mis mañanas eran iguales a las de muchas personas.

Sonaba la alarma, me levantaba, pasaba por el baño y, junto a mi señora, iba a despertar a las nenas para ir al colegio. De ahí, al trabajo presencial y luego remoto. Sin darme cuenta, ya había arrancado a trabajar. Sin un momento para mí, sin ninguna planificación, solo haciendo lo que se iba presentando y sin tiempo para pensar si eso era lo que quería.

El problema era que empezaba el día reaccionando.

Con el tiempo entendí algo que cambió por completo mi forma de organizarme: la primera decisión del día suele marcar el tono de todas las que vienen después.

Por eso decidí construir una rutina de mañana. No para levantarme a las cinco porque está de moda, ni para cumplir con una lista interminable de hábitos. La construí para asegurarme de que, antes de empezar a resolver problemas, recordara quién quiero ser y hacia dónde quiero ir.

Hoy quiero compartir cómo funciona.

No existe la rutina perfecta

Antes de empezar, una aclaración importante.

No creo que exista una rutina ideal que sirva para todo el mundo. Lo que funciona para mí probablemente no funcione para vos, porque cada persona tiene una realidad distinta.

Tengo un trabajo exigente, una familia a la que quiero dedicarle tiempo, proyectos personales, un podcast, certificaciones para estudiar y también entreno varias veces por semana.

Mi rutina nació para ayudarme a equilibrar todas esas responsabilidades sin sentir que vivo apagando incendios.

Tomá las ideas que te sirvan y adaptalas a tu realidad. Y cualquier cosa, me podés mandar un correo.

La primera regla: no empezar reaccionando

Cuando me levanto, hago todo lo posible por no abrir el celular para ver mensajes o redes sociales.

No porque piense que el teléfono sea el enemigo. Simplemente porque quiero decidir yo cómo empieza mi día.

Si lo primero que hago es abrir Slack o el correo, automáticamente alguien más empieza a definir mis prioridades.

Prefiero regalarme unos minutos para decidir cuáles van a ser las mías.

Recordar quién quiero ser

Después viene una de las partes más importantes de mi mañana.

Repaso mi Arquitectura de Identidad.

Si escuchaste el podcast, seguramente ya sabés de qué hablo. Si no, podés pensarla como el sistema operativo de una computadora.

Es un documento donde describo la persona que quiero ser, los valores que quiero vivir, los principios que intento respetar y la visión hacia la que quiero avanzar.

No lo leo completo todos los días. Pero sí dedico unos minutos a recordar cuáles son las ideas más importantes.

Porque es muy fácil pasar semanas enteras siendo eficiente, pero avanzando en la dirección equivocada.

Después pienso en mis roles

Durante mucho tiempo organizaba mi vida alrededor de listas de tareas.

Hoy organizo mi vida alrededor de mis roles.

Antes de preguntarme qué tengo que hacer, me pregunto quién necesito ser hoy.

  • Soy padre.
  • Soy esposo.
  • Soy hijo.
  • Soy manager.
  • Soy creador de contenido.
  • Soy una persona que sigue aprendiendo.

Cada uno de esos roles necesita atención. Entonces me hago una pregunta muy simple:

¿Qué necesita hoy cada uno de ellos?

A veces la respuesta es tener una conversación con una persona de mi equipo. Otras veces es jugar un rato con mis hijas, chatear a mi mamá o avanzar en un artículo para el sitio.

Las tareas cambian todos los días. Los roles permanecen.

Reviso mis objetivos

Una vez que tengo claro quién quiero ser hoy, reviso hacia dónde quiero ir.

No miro una lista enorme de objetivos. Solo los más importantes.

Es increíble lo fácil que es perder semanas enteras ocupado en cosas urgentes mientras los objetivos importantes siguen esperando.

Por eso intento recordar todos los días cuáles son las pocas cosas que realmente quiero lograr este trimestre, basadas en mis objetivos anuales.

Defino las prioridades

Recién ahí decido cuáles serán las tareas más importantes del día.

No hago una lista interminable. Intento identificar tres o cuatro tareas que realmente hagan avanzar alguno de mis proyectos o responsabilidades.

Cuando más tarde abro Slack o el correo, inevitablemente aparecen urgencias. La diferencia es que ya sé cuáles son mis prioridades y trato de protegerlas.

Mover el cuerpo también forma parte del sistema

Entrenar ocupa un lugar importante dentro de mi rutina.

No solamente por una cuestión de salud. Entrenar cambia mi energía, mejora mi concentración y me ayuda a empezar el día con otra actitud.

Con los años descubrí que la productividad no depende únicamente de administrar el tiempo. También depende de administrar la energía. Y esa energía hay que construirla.

Recién después empieza el trabajo

Cuando finalmente me siento frente a la computadora para empezar la jornada laboral, ya no estoy improvisando.

Ya sé cuáles son mis prioridades. Ya recordé mis objetivos. Ya pensé en las personas importantes de mi vida. Ya decidí qué clase de profesional quiero ser ese día.

Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia completamente mi forma de trabajar.

La rutina no es el objetivo

Si tuviera que resumir todo este artículo en una sola idea, sería esta:

Mi rutina de mañana no existe para hacer más cosas. Existe para asegurarme de hacer las cosas correctas.

Muchas veces hablamos de productividad como si fuera una carrera por completar tareas. Yo prefiero pensarla como un sistema para vivir de forma más intencional.

Porque al final del día, organizarse no se trata de tener la agenda llena. Se trata de que el tiempo que invertimos refleje la persona que queremos llegar a ser.

Y para mí, todo eso empieza apenas suena la alarma.